Entre libros y rosas, en Sant Jordi escoja. Esta frase sería una versión actualizada de la célebre: “Entre claveles y rosas Su Majestad es-coja”. Aunque la intención de mi plagio es mucho más inocente y bieninencionada que el malabarismo verbal del gran Quevedo, maestro de la sátira y del “polvo enamorado”. 

Este juego de palabras o calambur me viene que ni al pelo para hablar de Sant Jordi (San Jorge / Saint George), la festividad catalana que cada año tiene lugar el 23 de abril.

Y es que el sarao, fiestuki o como queramos llamarlo no es moco de pavo. En Barcelona -mi  ciudad-, sin ir más lejos, se organiza la de Dios. Por un lado se conmemora la muerte de Jorge de Capadocia, acaecida el 23 de abril de 303; de ahí lo de Sant Jordi, las imágenes con dragones y la omnipresencia de las rosas. Con posterioridad, aprovechando que la muerte de Miguel de Cervantes fue el 22 de abril de 1616, la UNESCO, en 1995, lo instituyó como el Día Mundial del Libro.

Que conste, sin embargo, que en Cataluña la costumbre de regalar libros es muy anterior. Pero con el aval de la UNESCO, esto ya es la hostia y Barcelona acaba convirtiéndose en la mayor editorial callejera del mundo. Democratización de la cultura a buen precio: autores mediáticos o no, poetas de medio pelo y clásicos desconocidos a pesar de los pesares, literatura infantil y juvenil, best sellers, oportunidades de segunda mano casi regaladas, manuales y libros de autoayuda (ommmmm) se echan a las calles. Un placer con olor de multitudes.

En Cataluña se aúnan las dos tradiciones y la gente se intercambia  rosas y libros. Bonita costumbre. Por una vez mi opinión coincide con la del resto. Pero, ¡cuidado!, que un día de sol no hace primavera. Aunque durante este Sant Jordi hayamos disfrutado de una primavera de lujo, los buenos auspicios no bastan por sí solos en una ciudad, en un país, en un continente, en  un planeta donde los libros, acorralados, sobreviven gracias a la caridad de un puñado de ilusos.

Maravillosas rosas inodoras (de invernadero, de plástico, de madera, etc.) y toneladas de  libros vivieron el domingo, 23 de abril, su momento de gloria. Hoy ya es hora de que vuelvan a sus estantes polvorientos y a sus cofres cerrados con llave. Muy pocos se atreverán a violar tan valioso secreto.

Como en una nueva torre de Babel, millones de palabras sottovoce han impregnado por un día nuestras calles y el placer que algunos sentimos es inmenso.

Una pena que, al llegar la noche, los servicios de limpieza arrastren con los desechos de la fiesta el rumor de tantas palabras.