La pintora y el ladrón

La pintora y el ladrón

Barbora Kysilkova sufrió el robo de dos de sus más preciadas pinturas en una galería de Oslo. La policía consiguió capturar a uno de los dos ladrones, que resultó ser un toxicómano tatuado y con un aire de fragilidad que podría recordar al trompetista Chet Baker. Durante una de las audiencias, la audaz artista se acercó al ladrón, pero, en lugar de encararse con él, lo que hizo fue pedirle una cita.

Este es el punto de partida de La pintora y el ladrón, el documental de Benjamin Ree (Noruega, 1989) que se hizo con el Premio Especial del Jurado en Sundance 2020.

El documental está narrado con sencillez e intimismo, dejando prácticamente toda la carga argumental sobre los hombros de los dos personajes centrales y un puñado de personajes más que rodean sus vidas, como el novio de Barbora o el padre y la novia de Karl Bertyl.

Llama la atención la estructura no lineal y segmentada en capítulos, que se asemeja más a la de una película de ficción que al género documental. Sorprende y funciona. Sirve como un juego para el espectador y como un medio para abordar el retrato de los personajes desde perspectivas diferentes.

El caso del robo no se aborda desde un punto de vista policial o de investigación: Karl Bertyl no recuerda qué hizo con él, puesto que llevaba varios días sin dormir a causa de una prolongada ingesta de drogas; por su parte, Barbora Kysilkova no se resigna a olvidarse del asunto. No destriparé qué sucede con esto, ya que es interesante descubrirlo, pero la atención del documental se enfoca más bien al retrato de los personajes y a la observación de la genuina amistad que desarrollan.

A medida que transcurre el documental y como sucede en la vida, los personajes van revelando sus vidas pasadas y ganándose el interés del espectador. Es obvio que detrás del rostro de un politoxicómano hay una persona llena de historias y que está viviendo una de las muchas posibles vidas que podría haber escogido, como todo dios, pero qué a menudo lo olvidamos. Conocer a Barbora, llegada a Oslo tras dejar atrás una dura relación con un exnovio maltratador, es también una experiencia vibrante. Su atracción hacia el lado oscuro de la realidad la configura como artista y como persona y da sentido al magnetismo que hay entre ella y el desconocido que le robó sus trabajos.

Karl Bertyl es retratado en varias ocasiones por Barbora y sus reacciones cuando ve los resultados son cercanas al síndrome de Stendhal. Hay que decir que la pintura de Barbora es brutal, se trata de una artista extremadamente talentosa, con un imaginario fascinante y una determinación absoluta de contar la verdad. El mero descubrimiento de su obra justifica con creces el visionado de este documental. Como espectador, me resultó casi inexplicable la dificultad económica que afrontaba la pintora, teniendo en cuenta la incuestionable calidad de sus cuadros. Ojalá que después del éxito que ha tenido en Sundance disfrute del gran éxito que también merece como la gran artista que es.

Billy Bones, contramaestre de LMN

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septiembre 5, 2020

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