“La madrastra de Blancanieves, indecisión léxica en la familia moderna”, por Dolors Fernández
On abril 4, 2017 | 0 Comments
maléfica

Maléfica

Nadie querría ser la madrastra de Blancanieves, por más hermosa que fuera y a pesar de su espejo mágico. Tampoco su rival, la joven del cutis de nieve. La historia nos dice que es poco recomendable y -¿quién sabe?-, tal vez sucumbiéramos a los ardides maléficos de su madrastra mucho antes que ella.

La imagen de la joven y bella Blancanieves y su malvada madrastra forman parte del imaginario occidental, engrosan el bagaje cultural de nuestra tradición, como mínimo desde la era del omnímodo Walt Disney (q.e.p.d.). Aunque yo creo que a estas alturas la globalización debe haber llevado el cuento de Blancanieves y los siete enanitos hasta los rincones más apartados e inhóspitos del globo.

madrastra

Madrastra clásica

Pero no era ahí adonde yo quería ir a parar. Mi reflexión va por otros derroteros, más sociolingüísticos y ¿por qué no? más domésticos. Se trata de ver cómo el término madrastra a estas alturas de la película se ha convertido en un insulto, y de los gordos. Los valores connotativos que la palabra ha venido arrastrando a lo largo de muchos años lo han “manchado” de tal manera que su uso figurado prácticamente se sobrepone a su significado literal. Connotación versus denotación. Una vieja batalla que siempre se resuelve con el uso de eufemismos. Pero no adelantemos acontecimientos.

Veamos qué nos cuenta el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española (DRAE) en su segunda acepción, porque la primera es la literal que todos conocemos: “ madrastra: 2. f. p. us. Cosa que incomoda o daña.”

Si cambiamos el género y el lexema llegamos hasta el sustantivo padrastro, su homólogo masculino. Aquí el DRAE aún es más escueto e inequívoco en su segunda acepción. Simple y llanamente dice: “padrastro: 2. m. Mal padre.”

De las acepciones anterior se puede colegir que tanto padrastro como madrastra son sustantivos con una historia negra a sus espaldas . Por desgracia, a lo largo de los años se ha ido nutriendo de argumentos reales, de casos de maltrato y abuso hacia los hijastros. Por lo tanto, no es de extrañar que las palabras carguen con la culpa de todos aquellos que actuaron como verdugos y no como progenitores. Aunque siempre existan excepciones. Son las que nos hacen recuperar la fe en el ser humano.

Partiendo de semejantes premisas hijastro no ha corrido mejor suerte. Al otro lado del binomio -porque es innegable que si hay un padrastro o una madrastra es porque hay hijastros, uno como mínimo- el contexto lingüístico, sumamente enrarecido, impregna todo el campo semántico de negatividad. No podíamos esperar que hijastro/a hubiera corrido mejor suerte significativa. Al igual que padrastro/madrastra, hijastro/a es tan poco grato para cualquiera de nosotros como un escupitajo en la frente.

Añadamos que el hijastro, tantas veces víctima, no siempre está exento de culpa, puesto que a menudo (supondremos que sus razones habrá tenido) su comportamiento ha dejado mucho que desear. Poco amor filial y respeto paternal. A pesar de ello, el sentido de la palabra nunca se ha visto teñido con una carga decididamente tan despectiva como en los casos anteriores. Puede que su situación de desventaja respecto al/a la padrastro/madrastra no le haya permitido tantos excesos. De eso se ha librado. Es un hecho, ya que el DRAE ni siquiera incluye segunda acepción para el vocablo. Un dato de lo más elocuente.

hijo

En definitiva, está claro que para el esquema tradicional de la familia es muy poco deseable la existencia de padrastros, madrastras e hijastros. Los símbolos que encarnan los vocablos empleados son de lo más ruin y peyorativo. Es normal que nadie se quiera identificar con ellos.

Sin embargo, desde hace algunos años, el nuevo rol de la familia ya no es infalible. Su duración a menudo no es eterna, y cada vez existen familias más diversificadas y con más mezclas. Ante esta situación nos encontramos sin terminología adecuada. Porque ¿cómo llamar a la nueva mujer/pareja/novia de tu padre (y que obviamente no es tu madre) y para la nueva pareja/marido/novio de tu madre? Pobre de ti que se te ocurra llamarles padrastro/madrastra. O te inventas un eufemismo o de inmediato todos entenderán que vuestra relación es lo más parecido al infierno y por alusiones que el hombre es un pervertido ogro y la mujer una bruja perversa.

Y cuidado, que si no lo eran, puede que lo parezcan después de oírte. Irremediablemente deberás recurrir a una perífrasis: “la pareja* de mi padre” o a algún otro circunloquio. No vaya a ser que ante el conjuro poderoso de padrastro/madrastra esas buenas personas se metamorfoseen y entonces corras verdadero peligro.

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