Contra la familia
On octubre 25, 2016 | 0 Comments

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Catolicismo, budismo, islamismo, calvinismo, judaísmo… ¡religiones todas, morid, dejadnos vivir!… Esta frase tendría sentido si las religiones existieran por sí, (sólo lo que es muere, lo que no es no muere, simplemente no existe), pero son humanas, las religiones las hemos hecho nosotros… así que mejor, hombres del mundo, dejemos la religión y aferrémonos a la única verdad, que vamos a morir.

 

Esa certeza, la muerte segura, nos priva de la posibilidad de acumular bienes, poder, prestigio… porque al morir morirían nuestras cosas con nosotros; pero si existe un mecanismo cultural para heredar los bienes, el poder, etcétera, esto, además de darnos sensación de perdurabilidad, da sentido al esfuerzo de la acumulación, que supone dedicar la vida -por ejemplo- a trabajar para tener una casa en propiedad o dos. Ese mecanismo se llama familia.

La familia como institución es la creadora primitiva de los estados y de las instituciones religiosas, (no del catolicismo pero sí de la iglesia católica, no de la democracia pero sí de la cadena de demócratas. Papas, reyes, secretarios generales, cónsules… se dice,”la política les viene de familia”, y qué razón hay en eso).

 

En eso estamos, para poder vivir con la transferencia “natural” de bienes perfeccionamos cada vez más la institución de la familia, y según en qué cultura, con más o menos claridad, la adscripción a una familia supone unos privilegios o unas desventajas que también se heredan, se perpetúan. Desde las familias reales a los clanes nos hacemos eternos como familia si bien no como individuos, y con ello hacemos eternos los bienes y el poder.

 

A todo esto se une la idea de la predestinación como justificación de este proceso que parece preordenado, que forme parte del todo como las estrellas, el agua o el aire. Nacemos en el seno de una familia y heredamos sus bienes y su poder, o bien su pobreza y su esclavitud, en los distintos niveles en que se den. Nacemos en el seno de una familia y formaremos otra arrastrando a nuestros hijos al mismo preorden. No se trata pues de una conducta social, la familia es algo más, es el engranaje perfecto para que los individuos sientan la vida como una inercia de la que pasan a formar parte, en vez de cómo un espacio-tiempo que formar y en el que realizarse. De una a otra visión hay un abismo.

 

El hombre vive lo absurdo de la artificialidad, hasta el punto de que descolgarse de ese absurdo, como es la familia, supondría un suicidio, dejar de ser para ser de nuevo, para ser nuevo en un mundo que formar y donde realizarse.

 

Etayo

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